Tallergrafica3’s Blog

November 27, 2008

“No quiero ir nada más que hasta el fondo”

Filed under: Protagonistas — tallergrafica3 @ 1:55 am

Alejandra Pizarnik, nombre que ella eligió tomar luego de su segunda publicación, nació en Buenos Aires el 29 de Abril de 1936, bajo el nombre de Flora. Sus padres, una pareja de judíos rusos, lograron inmigrar a la Argentina justo antes del holocausto.

 

            Desde su infancia, Alejandra se consideraba “fea e inadaptada”. Era tímida, tartamuda, de baja estatura, tenía problemas de acné y sobrepeso. Ante esta sumatoria de cosas, a los 15 años comenzó a fumar y a consumir anfetaminas para bajar de peso; aunque el consumo de esta droga fue prolongado durante sus años de estudio para evitar el sueño.

           

            Hizo el bachillerato en la Escuela Nº 7 de Avellaneda.

           

            En 1954 ingresó a la Facultad de Filosofía y Letras y se convirtió en una representante típica de un sector exclusivo de la juventud intelectual porteña de los años 50. Fue dentro del contexto universitario, donde comenzó a estructurar su condición de “literata argentina de vanguardia”.

            En 1955 sacó su primer libro de poemas -financiado por su padre-, titulado “La tierra más ajena”.

            En 1956 publicó “La ultima inocencia” dedicado a León Ostrov, su analista de muchos años, y en 1958 “Las aventuras perdidas”, que lleva una ilustración de Paul Klee quien fue, junto a Hyeronimus Bosch, su pintor favorito.

            Entre 1960 y 1964 vivió en París, donde trabajó un año para la revista Cuadernos para la liberación de la cultura como correctora. También colaboró con numerosas revistas, americanas y europeas, de poesía y literatura.

            Su radicación en Francia le permitió conocer y entablar una amistad con André Pieyre de Mandiargues, Octavio Paz, Julio Cortázar y Rosa Chacel.

            En el año 1962 salió a la venta “El Árbol de Diana” (con prólogo de Octavio Paz).

            Lo bueno y lo malo de su estadía en la ciudad Parisina, se vio reflejado en las cartas que enviaba a su familia en esa época: “Yo ando mejor que nunca. Escribo, publico en las revistas de aquí, y  lamentablemente, trabajo en sitios infames para ganarme el duro pan de cada noche”.

            En 1964 regresó a Buenos Aires, puesto que su padre se encontraba mal de salud. Desde ese año en adelante, en fragmentos de su diario personal, comenzó a  advertirse su temor a la locura.

            En 1967 falleció su padre; y durante esos años Pizarnik publicó dos libros muy importantes para su carrera, “Los trabajos y las noches” y “Extracción de la piedra de locura”; convirtiéndose en acreedora de la beca Guggenheim y Fulbright.

            Entre 1968 y 1969 realizó un breve viaje a Nueva York y luego a París, adonde ansiaba volver; pero se decepcionó mucho al encontrar a París “desposeída de su antiguo encanto literario”, tal como ella misma lo manifestó.

            Al regresar a Buenos Aires, su depresión la llevó a publicar muy poco, aunque comenzó a trabajar en La bucanera de Pernambuco o Hilda la polígrafa.

            En 1971, Alejandra ingirió una sobredosis de barbitúricos, pero fue encontrada a tiempo y llevada a un hospital para hacerle un lavaje de estómago. Luego de este intento de suicidio, ante un proceso terapéutico diseñado por Pichon Rivière, pareció mejorar su situación. Sin embargo, ese mismo año al publicar La condesa sangrienta y El infierno musical, las alusiones a la muerte y sobre todo al suicidio se hicieron muy evidentes. Tal es así como en El infierno musical expresó: “(…) triste como sí misma, hermosa como el suicidio, que me sobrevuela como una dinastía de soles”. Luego de una recaída no pudo recomponerse más.

           

            Entre 1971 y 1972 comenzó a frecuentar clínicas y tratamientos para poder lidiar con su terrible depresión. Se pasó el último año de su vida recluida, e inmersa en un mundo de tinieblas.

           

            A mediados de 1972 quedó internada durante cinco meses en el Hospital Psiquiátrico Pirovano de Buenos Aires, pero un fin de semana del mes de septiembre con un permiso de salida, volvió a su casa donde terminó con su ya insostenible vida, tras ingerir una sobredosis de seconal. En su habitación, junto a su cuerpo, Alejandra dejó escrito en un pizarrón: “No quiero ir nada más que hasta el fondo”. Su cuarto estaba repleto libros, lápices de colores, borradores con sus últimos escritos, y de muñecas destartaladas y maquilladas.

           

            Alejandra veía que la poesía era la única capaz de darle razón y sentido a la vida, rigiéndola y configurándola. Por ello al decir “Dediqué mi vida a la poesía y ahora descubro que la poesía no le importa a nadie”, estaba diciendo que su vida ya no tenía sentido.

           

            Luego de su muerte, la familia se ocupó de ocultar sus diarios personales para evitar que se conociera acerca de su homosexualidad y sobre sus fantasías eróticas, sádicas y obscenas. Sin embargo, los diarios ya habían sido editados años anteriores por la poetisa misma, extrayéndole partes que ella decidió no hacer públicas.

 

            Su desaliento por el mundo lírico, su temor a la locura y a la vejez dejaban a la poetisa argentina tendida en el piso de su cuarto, y a merced de ese fondo al que tantas veces intentó llegar. Así fue como el dolor se despedía de su ser, mientras sus tristes ojos se cerraban para siempre. El temor que Alejandra Pizarnik supo convertir en deseo, fue cumplido aquel 25 de septiembre del 72, cuando la fascinante voz de Janis Joplin se fundía en su anhelo, y la acompañaba en aquel nuevo camino de inevitable retorno.


Emilia Risso.

 

 

 

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